
Observando desde la distancia y con el corazón puesto en Argentina, no puedo dejar de sentir una mezcla de emociones encontradas frente al momento que vive el país.
Por un lado, valoro que el gobierno actual haya logrado resultados que muchos consideraban necesarios, como controlar la inflación y ordenar las finanzas públicas. Estas medidas parecen haber devuelto cierta estabilidad en algunos indicadores económicos que durante años preocuparon a todos.
Pero, al mismo tiempo, veo con preocupación cómo estos logros se han alcanzado mediante ajustes muy severos que recaen principalmente sobre los sectores más vulnerables de la sociedad:
- La pobreza ha aumentado.
- La vida cotidiana se ha encarecido fuertemente.
- La inseguridad ha crecido, con más robos y personas desesperadas por la falta de oportunidades.
Es doloroso ver que mientras el país busca salir adelante, quienes más lo sufren son justamente quienes menos recursos tienen para resistir.
Me pregunto si no habría sido posible encontrar un equilibrio diferente, ajustando las cuentas pero protegiendo al mismo tiempo a los más frágiles.
Además, me impacta el tono y la actitud del presidente: sus palabras y formas parecen enfocadas más en provocar y confrontar que en tender puentes o cuidar a la sociedad. Da la impresión de que está más preocupado por sostener un personaje público que por ejercer el rol de protector y guía de toda la población.
No escribo esto desde la crítica destructiva ni desde el desprecio, sino desde la reflexión: un país no solo se construye con números equilibrados, sino también con humanidad, empatía y cuidado hacia quienes más lo necesitan.
Chasa
Des mots pour tout le dire.