El cuento entre el zorro y la libre

El zorro y la liebre

Años más tarde, como por azar, apareció un amigo: «el zorro», que de manera imprevista despertó un interés en la liebre.
Fue astuto, calculador, planeó cada jugada hasta que, por fin, con refinado tacto, hizo suya a la liebre.

Fue un encuentro fugaz e inesperado, tanto por la forma en que sucedió como por la controversia que generó, desafiando a la gente… y al destino.

Una noche de Navidad llamaba a mis amistades para saludarlas y, entre tantas voces, di con un viejo amigo. Hablamos unos minutos para desearnos un feliz año nuevo.
Al despedirnos, me dijo con un tono amable:
—Si quieres salir a tomar un café, llámame. Me dará mucho gusto. Pasaré a buscarte.
—Qué buena idea, te llamaré —respondí, sorprendida y, debo admitir, halagada.

Reflexioné mucho sobre aquella breve conversación. Nunca me había atraído antes, pero algo en su voz —quizás su serenidad, su madurez— me hizo verlo con otros ojos.
Días después, ya enterada de que estaba solo tras una ruptura de siete años, accedí a su invitación. Concertamos una cita para ir a un espectáculo.

Cuando llegó a buscarme, sentí esa vibración inquietante que a veces anuncia lo inevitable. “El zorro está ocultando algo”, pensé. Pero lo deseché.
Estaba impecable: su coche limpio, su perfume discreto, sus modales de caballero. Me ofreció el brazo para cruzar la calle, un gesto casi olvidado que aún logra conmover. Me sentí cómoda, protegida.

Fuimos a escuchar un grupo musical y compartimos una sangría. Insistió en pagar.
—¿No estás habituada a salir? —me preguntó, con una sonrisa que me desconcertó.
No supe qué responder.

Al final del espectáculo propuso ir a otro lugar. Su voz era tan sincera que me sentí en confianza. Era un hombre fuerte, de mirada profunda, voz ronca y presencia serena. “Un amigo, el zorro”, sí… pero ya no el mismo de antes.

—¿Te gustaría dar una vuelta? —preguntó.
Era invierno, así que sugerí ir a ver las luces del Viejo Puerto.
Pero cuando llegamos, el lugar estaba cerrado, las luces apagadas.
—Llévame a casa, ya es tarde —dije.
—Como quieras —respondió.

Me acompañó hasta la puerta y me besó en la mejilla.
—¿Quieres que te acompañe hasta la puerta?
—No, está bien. Muchas gracias. Hasta pronto.
—Hasta pronto —repitió, y el zorro se marchó.

Esa noche no pude dormir. Su imagen me rondaba la mente. Le envié un mensaje:
“Te agradezco el momento. No conocía ese lado tan galán de ti.”
Él respondió enseguida:
“Yo también lo pasé muy bien. Tampoco conocía tu bella compañía.”
Qué curioso, pensé, me respondió con mis mismas palabras…

Durante la semana reviví aquella velada una y otra vez. Había sido atento, educado, encantador. No me dejó pagar y me dijo con una sonrisa:
“Parece que no estás acostumbrada a que te inviten.”
No supe qué contestar. Era cierto. Y en silencio admití que sus palabras me habían tocado.

Dos semanas más tarde, fui yo quien le propuso salir a tomar algo y escuchar música en un bar del Viejo Puerto. Aceptó, aunque advirtió que llegaría tarde. Y así fue.
Cuando apareció, el lugar rebosaba de gente, con un ambiente alegre y ruidoso.

Pedimos unas copas, bailamos, reímos. En medio del bullicio, me tomó por sorpresa: el zorro me besó.
—¡Hop! —exclamé, apartándome.
—¿No te gustó? —preguntó, mirándome con ternura.
—¿Eres soltero? —quise saber.
Me miró fijamente, asintió apenas con los hombros y volvió a besarme sin decir palabra. No hacía falta. Lo entendí todo.
Y, aun así, la liebre aceptó.

La liebre había caído en la trampa del enamoramiento. Me enamoré del zorro.
Creí que lo conocía, que era libre, que yo estaba a salvo. Pero no. Caí rendida ante la primera caricia que tocó mi alma.
Fue la derrota del guerrero.

Cuanto más segura me creía, más me abandoné a esa pasión, envuelta en furia y deseo, como una leona que atrapa a su presa y se niega a soltarla.
“Es mío, solo mío”, me repetía.
Pero en el mundo animal, la leona siempre acaba compartiendo su presa. Algo así me ocurrió.

Caer en la trampa del amor es espantoso. Fue una relación devastadora que podría haberme destruido si no hubiera tenido la fuerza de irme, de liberarme, de soltar. De un día decidir no volver nunca más.
Lo amé con dependencia y ceguera voluntaria.

Duró casi cuatro años.
Fue irregular, inestable. Sin alcohol, sin drogas, sin terceros. Solo él y yo.
Su manera de amar consistía en rodear, envolver, atrapar… y mi forma de amar fue dejarme caer, sin red.
El amor envenenado es una de las peores drogas.

Su manera de amar consistía en rodear a su conquista, atraparla en su red como una araña que inmoviliza a la mosca con solo el roce de sus patas.
Así fue como me sentí: paralizada, fascinada y sin escapatoria.

Daba una cantidad desmesurada de amor físico, efímero, fugaz… para luego desaparecer emocionalmente, como si nada hubiera pasado.
No hay nada más cruel que alguien que toca tu alma y después finge que nunca lo hizo.

Antes de todo esto, éramos simples amigos, distantes. Yo creía conocer su historia.
Pero su historia verdadera era un secreto compartido entre hombres, un mundo vedado a las mujeres. Y eso fue lo que, con el tiempo, terminé comprendiendo.

Hoy, con la distancia que dan los años, me miro en aquella época y casi no me reconozco. Estaba profundamente ciega. Me avergüenza contarlo, pero al principio era como una adolescente de quince años: le enviaba videos cantando canciones de amor, dibujaba su rostro en pedazos de cartón. Me sentía feliz, ingenuamente viva.
Después, todo cambió. Comencé a sentirme aislada: no compartía salidas ni fiestas conmigo, nunca más me invitó a salir.

El desencanto llegó de golpe. Pasé del amor a la rabia, de la ternura al deseo de venganza. Solo quería una cosa: destruirlo, con la misma intensidad con que había sentido su traición.

Tenía una sonrisa magnífica. Su mirada traviesa desprendía una picardía que parecía inocente, pero no lo era. Esa falsa inocencia inspiraba confianza, y por eso las mujeres caían rendidas a sus pies.
Era un mujeriego, pero no un mentiroso. Cuando sabía que tú sabías, simplemente te hacía entender que así era… o te ibas.
Creo que se rodeaba de hombres sin corazón.

Más tarde escuché a varias personas decir que era un verdadero Don Juan, que destruía a sus conquistas sin que ellas siquiera lo notaran.
Era un adicto al sexo, y te lo ofrecía sobre un plato de plata del que era imposible apartarse.

Comprendí entonces que amar sin retorno era rozar la condena.
¿Será que el amor es esa dulce enfermedad que es mejor no contraer jamás?

Yo, que creía estar inmunizada contra esos artistas del amor, terminé siendo una de sus víctimas.
Mi inseguridad crecía cada día. Empecé a sospechar que todo era una estrategia calculada: nadie podía confirmar que él estaba conmigo.
Y yo… debía guardar silencio.
Eso era lo que él me pedía.

Lo que para él era un juego travieso, para mí era una amenaza silenciosa: “O te quedas, o te hundes.”

Con el tiempo, logré resignarme y, finalmente, ponerle fin.

Años después, la vida —que siempre tiene un extraño sentido del humor— quiso que nos cruzáramos de nuevo. Fue en una reunión de amigos.

Cuando escuché su voz, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El cuerpo me temblaba, el color me abandonó el rostro.
Valeria, mi amiga que hablaba animadamente, me miró de pronto y preguntó:
—¿Estás bien?
—Creo que necesito ir al baño —balbuceé, deseando desaparecer.

Su voz seguía resonando en la sala, cada vez más cerca.
—Sí, Valeria… no, Valeria… —respondí sin sentido, intentando fingir calma.

Entonces, un hombre amable se acercó a nuestro grupo. Era Roberto.
Comenzó una conversación trivial, justo cuando el zorro apareció con su nueva víctima.
Yo seguía en shock.

—¿Quieres ir al baño? —insistió Valeria.
—No, creo que estoy mejor, gracias —respondí, aunque apenas podía sostenerme.

El zorro se acercó, tan tranquilo como siempre, y me besó en la mejilla.
—¡Hola! —dijo con naturalidad.
—Hola —respondí.

Me presentó a su nueva víctima.
—Hola —dijo ella.
—Hola —contesté, observándola disimuladamente. Era más alta que yo, robusta, de nariz grande. No era hermosa, pero supe enseguida que era otra liebre del artista del amor, una más en su lista de almas tocadas y luego olvidadas.

Reuní todas mis fuerzas. Me quedé conversando con personas amables —Valeria y Roberto, sin sospechar lo que me ocurría por dentro—, mientras me invadía una oleada de orgullo.
Había superado la prueba que el demonio me había puesto esa noche.

Al despedirme, saludé con respeto a todos, incluso al zorro y a su nueva víctima.
Salí al aire frío de la noche.

En mis manos llevaba una rosa blanca, símbolo de amistad que los anfitriones ofrecían a cada invitado.
Caminé hasta mi fortaleza con paso sereno.
Me serví una copa de vino tinto, preparé una pequeña picada y brindé en silencio, agradeciendo a la vida por haberme devuelto mi alma.

Y me dije:
«Esta liebre sigue viva… y será más precavida en su camino.»

Chasa

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