Who Did I Marry?

I’m not seeking justice.
I’m seeking meaning.

With time, I understood that we never formed a healthy family because he never had the emotional capacity to be a whole adult.
He lived behind masks, driven by an impulsiveness no one knew how to name in the 1970s.
For years, I thought it was my fault.
I believed I had failed.

Today I know that what I survived with him, not everyone could have survived.

I turned that pain into calm, into healthy distance, and now into words.

He was not a bad man:
he was an ill one.
Emotionally broken, carrying wounds his own family chose to hide.
They left me alone facing a truth I barely dared to see.

At nineteen, we believe in words,
we miss the signs,
we don’t yet know that love can disguise an abyss.

He didn’t deceive me because I was naïve—
he deceived me because lying was the only way he knew how to survive.

With time, I learned that his chaos wasn’t chance:
it was trauma, addiction, impulsivity, unspoken disorders.

And then I could finally answer the question that followed me for half a lifetime:

Who did I marry?
A man emotionally ill, undiagnosed, unable to offer a stability he never possessed within himself.

I didn’t abandon him.
I learned to let him go.
And in that act,
I freed myself.

Chasa

Avec qui me suis-je mariée ?

Je ne cherche pas la justice.
Je cherche le sens.

Avec le temps, j’ai compris que nous n’avions pas formé une famille saine, parce qu’il n’avait jamais eu la capacité émotionnelle d’être un adulte entier.
Il vivait derrière des masques, avec une impulsivité que l’on ne savait pas nommer dans les années 70.
J’ai cru longtemps que c’était ma faute,
que j’avais échoué.

Aujourd’hui je sais que ce que j’ai survécu avec lui, tout le monde n’aurait pas pu le survivre.

J’ai transformé cette douleur en calme, en distance bienveillante, et maintenant en mots.

Il n’était pas mauvais : il était malade.
Un homme émotionnellement brisé, avec une structure psychique fragile que sa propre famille avait cachée.
Ils m’ont laissée seule face à une vérité que moi-même je doutais de reconnaître.

À 19 ans, on croit aux paroles,
on ne voit pas les signes,
on ne sait pas encore que l’amour peut cacher un précipice.

Il ne m’a pas trompée parce que j’étais naïve,
mais parce qu’il ne savait survivre qu’en mentant.

Avec le temps, j’ai compris que son chaos n’était pas du hasard :
c’étaient des blessures anciennes, des impulsions, des dépendances, des troubles non diagnostiqués.

Alors j’ai pu répondre à la question qui m’a suivie pendant la moitié de ma vie :

Avec qui me suis-je mariée ?
Avec un homme émotionnellement malade, non diagnostiqué, incapable d’offrir une stabilité qu’il n’avait pas en lui.

Je ne l’ai pas abandonné.
J’ai appris à le laisser partir.
Et dans ce geste,
je me suis libérée.

Chasa

 ¿Con quién me casé?

No busco justicia.
Busco sentido dijo ella, mirando asía el infinito tratando de encontrar una respuesta justa.
El sentido que llega tarde, como esas luces que solo se encienden cuando ya hemos atravesado la noche.

Cuando un día comprendí que no habíamos formado una familia sana, sino un paisaje hecho de recortes irregulares. Cuando un día comprendí que él nunca tuvo la capacidad emocional de ser un adulto completo, que cargaba heridas que en los años 70 no se le conocía  nombre. Me tomó décadas descifrar lo que sufría: de una impulsividad sin freno, de  un trauma oculto bajo capas de silencio, de una inmadurez afectiva que lo dejaba suspendido en el tiempo, de una necesidad de salvadores que jamás podían salvarlo.

Realicé que vivía detrás de máscaras. Donde detrás de ellas, se encontraba un niño perdido que nadie había aprendido a escuchar. Recuerdo que pensé muchas veces ser yo la culpable de no encajar en el modelo de« la buena esposa»: él mi primera pareja; yo, apenas una joven con una casa llena de ilusiones. Creí que mi fracaso había sido no saber construir un hogar. Hoy lo sé: lo que sobreviví con él, no cualquiera lo habría sobrevivido. Y esa sobrevivencia se volvió mi escuela silenciosa: por gracias  la transformé en calma, en distancia que no hiere, en una forma nueva de respirar. Y hoy la transformo en palabras. En legado. En literatura.

Con los años aprendí que muchas personas viven amores torcidos, parejas rotas, historias desiguales. Pero pocas logran hacer lo que yo aprendí a hacer: ponerle nombre al dolor, buscarle sentido, perdonar sin pactar con el olvido, tomar distancia sin odio, y reconstruirse como quien levanta una casa nueva sobre ruinas antiguas. Comprendí que eso no es resignación: es madurez emocional. Y aunque todavía me duela no haber conocido una pareja justa, también es verdad que: elegí la vida. Elegí la lucidez que no sabía que me esperaba. Elegí proteger a mi hijo cuando él era una sombra más grande que su propia voz. Elegí crecer cuando ya estaba al borde del abismo.

Y hoy esa verdad ya no me lastima: me sostiene como una columna interior. Lo que viví me formó, pero no me definió. Desmonté la familia que había construido, y aunque dolió, fue mi liberación. Nunca lo abandoné. Solo lo dejé. Lo dejé desde el amor sano, desde ese amor que dice “hasta aquí hemos llegado” cuando el alma pide un refugio que el cuerpo ya no puede sostener. Enfrenté sus mentiras, sus adicciones, sus deudas, su violencia, su caos. Hasta que un día la justicia tocó la puerta y ese día él perdió el disfraz. Apareció su niño herido, asustado, desbordado. Un hombre incapaz de manejar su propia sombra.


No era malo, tan solo enfermo. Así lo dijo un día su padre, antes de pedirme que olvidara sus palabras. La enfermedad que nunca estuvo en un examen médico .Vivía en sus gestos, en su impulso, en ese vacío profundo que intentaba llenar con juegos, apuestas, mentiras y adrenalina. Y su familia lo sabía. Y callaron. Dejándome sola tratando de comprender lo irreparable.

A los 19 años no vemos los riesgos. Creemos en las palabras, no reconocemos las señales, no sabemos que el amor a veces es un disfraz del abandono propio. Él no me engañó porque yo fuera ingenua. Me engañó porque él solo sabía sobrevivir mintiendo. Era lo único que tenía. Con los años entendí todo lo que nadie quiso decirme:

Que su impulsividad no era un capricho.
Que su adicción al juego no era un hobby.
Que sus proyectos rotos no eran mala suerte.
Que  su inestabilidad no era casualidad.
Que su doble vida no era una travesura.
Que su mentira permanente era su forma de respirar.

Y, finalmente, un especialista puso palabras donde yo solo tenía intuiciones. Entonces pude responder la pregunta que me acompañó media vida:

¿Pero con quién me casé?…

Me casé con un hombre emocionalmente enfermo, no diagnosticado, incapaz de sostener su propia vida, y cuya familia sabía que algún día necesitaría de alguien que lo contuviera.
Y esa “alguien”… fui yo. Hasta que una atardecer comprendí que el momento de soltarlo había golpeado a mi puerta…toc, toc  usted nos llamó…donde está él.

Chasa

The Leaders Who Touch the Heart and Forget the Soul of the People

(by Chasa)

At first, it all feels like a new dawn.
A young face, a steady voice, a promise that sounds different.
The weary people listen and believe — at last — that someone understands.
It’s the charm of words, the spell of speech, the thirst for hope.

But we must look beyond the glow.
Because when the gift is too great,
when words sound too perfect,
we must pause, breathe, and look into the eyes, not the applause.

Many have touched the people’s hearts without seeing their souls.
They speak to hunger, to fear, to the longing for justice,
yet they forget that love without respect turns into domination,
and that compassion without humility becomes tyranny.

The world remains animal, clothed in civilization.
The jungle now lives in temples, in parliaments, on screens.
While some roar for power,
others simply pray to survive.

So, it is not enough to believe:
we must think, feel, and mistrust gently.
True freedom is offered by no leader;
it grows in silence,
when we stop waiting for miracles
and learn not to sell our souls
for a little hope.

Les dirigeants qui touchent le cœur et oublient l’âme du peuple

(par Chasa)

Au commencement, tout ressemble à une aube nouvelle.
Un visage jeune, une voix assurée, une promesse différente.
Le peuple fatigué écoute et croit — enfin — qu’on le comprend.
C’est la magie du verbe, l’ivresse du discours, la soif d’espérance.

Mais il faut regarder au-delà de la lumière.
Car lorsque le cadeau est trop grand,
lorsque les mots sonnent trop justes,
il faut s’arrêter, respirer, et observer les yeux, pas les applaudissements.

Beaucoup ont touché le cœur du peuple sans voir son âme.
Ils parlent à la faim, à la peur, au désir de justice,
mais oublient que l’amour sans respect devient domination,
et que la compassion sans humilité se change en tyrannie.

Le monde reste animal, sous ses habits de civilisation.
La jungle s’est installée dans les temples, les parlements, les écrans.
Pendant que certains rugissent pour le pouvoir,
d’autres prient simplement pour survivre.

Alors, il ne suffit pas de croire :
il faut penser, ressentir, et douter avec douceur.
Car la vraie liberté ne vient d’aucun chef :
elle se cultive en silence,
quand on cesse d’attendre des miracles
et qu’on apprend à ne pas vendre son âme
pour un peu d’espérance.

“Tan solo para no olvidar lo que ya sabemos”.

Los líderes que tocan el corazón y olvidan el alma del pueblo

(par Chasa)

Al principio todo parece un amanecer.
Un rostro joven, una voz firme, una promesa que suena diferente.
El pueblo cansado escucha y siente —por fin— que alguien lo comprende.
Es el encanto del verbo, la magia del discurso, la sed de esperanza.

Pero hay que mirar detrás del brillo.
Porque cuando el regalo es demasiado grande,
cuando las palabras suenan perfectas,
hay que detenerse, respirar, y observar los ojos, no los aplausos.

Muchos han tocado el corazón del pueblo sin mirar su alma.
Le hablan al hambre, al miedo, al deseo de justicia,
pero olvidan que el amor sin respeto se vuelve dominio,
y que la compasión sin humildad termina en tiranía.

El mundo sigue siendo animal, disfrazado de civilización.
La selva está en los templos, en los parlamentos, en las pantallas.
Y mientras unos rugen por poder, otros rezan por sobrevivir.

Por eso, no basta con creer:
hay que pensar, sentir, y desconfiar con dulzura.
Porque la verdadera libertad no la ofrece ningún líder:
se cultiva dentro, en silencio, cuando uno deja de esperar milagros
y aprende a no vender su alma por un poco de esperanza.