¿Con quién me casé?

No busco justicia.
Busco sentido dijo ella, mirando asía el infinito tratando de encontrar una respuesta justa.
El sentido que llega tarde, como esas luces que solo se encienden cuando ya hemos atravesado la noche.

Cuando un día comprendí que no habíamos formado una familia sana, sino un paisaje hecho de recortes irregulares. Cuando un día comprendí que él nunca tuvo la capacidad emocional de ser un adulto completo, que cargaba heridas que en los años 70 no se le conocía  nombre. Me tomó décadas descifrar lo que sufría: de una impulsividad sin freno, de  un trauma oculto bajo capas de silencio, de una inmadurez afectiva que lo dejaba suspendido en el tiempo, de una necesidad de salvadores que jamás podían salvarlo.

Realicé que vivía detrás de máscaras. Donde detrás de ellas, se encontraba un niño perdido que nadie había aprendido a escuchar. Recuerdo que pensé muchas veces ser yo la culpable de no encajar en el modelo de« la buena esposa»: él mi primera pareja; yo, apenas una joven con una casa llena de ilusiones. Creí que mi fracaso había sido no saber construir un hogar. Hoy lo sé: lo que sobreviví con él, no cualquiera lo habría sobrevivido. Y esa sobrevivencia se volvió mi escuela silenciosa: por gracias  la transformé en calma, en distancia que no hiere, en una forma nueva de respirar. Y hoy la transformo en palabras. En legado. En literatura.

Con los años aprendí que muchas personas viven amores torcidos, parejas rotas, historias desiguales. Pero pocas logran hacer lo que yo aprendí a hacer: ponerle nombre al dolor, buscarle sentido, perdonar sin pactar con el olvido, tomar distancia sin odio, y reconstruirse como quien levanta una casa nueva sobre ruinas antiguas. Comprendí que eso no es resignación: es madurez emocional. Y aunque todavía me duela no haber conocido una pareja justa, también es verdad que: elegí la vida. Elegí la lucidez que no sabía que me esperaba. Elegí proteger a mi hijo cuando él era una sombra más grande que su propia voz. Elegí crecer cuando ya estaba al borde del abismo.

Y hoy esa verdad ya no me lastima: me sostiene como una columna interior. Lo que viví me formó, pero no me definió. Desmonté la familia que había construido, y aunque dolió, fue mi liberación. Nunca lo abandoné. Solo lo dejé. Lo dejé desde el amor sano, desde ese amor que dice “hasta aquí hemos llegado” cuando el alma pide un refugio que el cuerpo ya no puede sostener. Enfrenté sus mentiras, sus adicciones, sus deudas, su violencia, su caos. Hasta que un día la justicia tocó la puerta y ese día él perdió el disfraz. Apareció su niño herido, asustado, desbordado. Un hombre incapaz de manejar su propia sombra.


No era malo, tan solo enfermo. Así lo dijo un día su padre, antes de pedirme que olvidara sus palabras. La enfermedad que nunca estuvo en un examen médico .Vivía en sus gestos, en su impulso, en ese vacío profundo que intentaba llenar con juegos, apuestas, mentiras y adrenalina. Y su familia lo sabía. Y callaron. Dejándome sola tratando de comprender lo irreparable.

A los 19 años no vemos los riesgos. Creemos en las palabras, no reconocemos las señales, no sabemos que el amor a veces es un disfraz del abandono propio. Él no me engañó porque yo fuera ingenua. Me engañó porque él solo sabía sobrevivir mintiendo. Era lo único que tenía. Con los años entendí todo lo que nadie quiso decirme:

Que su impulsividad no era un capricho.
Que su adicción al juego no era un hobby.
Que sus proyectos rotos no eran mala suerte.
Que  su inestabilidad no era casualidad.
Que su doble vida no era una travesura.
Que su mentira permanente era su forma de respirar.

Y, finalmente, un especialista puso palabras donde yo solo tenía intuiciones. Entonces pude responder la pregunta que me acompañó media vida:

¿Pero con quién me casé?…

Me casé con un hombre emocionalmente enfermo, no diagnosticado, incapaz de sostener su propia vida, y cuya familia sabía que algún día necesitaría de alguien que lo contuviera.
Y esa “alguien”… fui yo. Hasta que una atardecer comprendí que el momento de soltarlo había golpeado a mi puerta…toc, toc  usted nos llamó…donde está él.

Chasa

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