Who Did I Marry?

I’m not seeking justice.
I’m seeking meaning.

With time, I understood that we never formed a healthy family because he never had the emotional capacity to be a whole adult.
He lived behind masks, driven by an impulsiveness no one knew how to name in the 1970s.
For years, I thought it was my fault.
I believed I had failed.

Today I know that what I survived with him, not everyone could have survived.

I turned that pain into calm, into healthy distance, and now into words.

He was not a bad man:
he was an ill one.
Emotionally broken, carrying wounds his own family chose to hide.
They left me alone facing a truth I barely dared to see.

At nineteen, we believe in words,
we miss the signs,
we don’t yet know that love can disguise an abyss.

He didn’t deceive me because I was naïve—
he deceived me because lying was the only way he knew how to survive.

With time, I learned that his chaos wasn’t chance:
it was trauma, addiction, impulsivity, unspoken disorders.

And then I could finally answer the question that followed me for half a lifetime:

Who did I marry?
A man emotionally ill, undiagnosed, unable to offer a stability he never possessed within himself.

I didn’t abandon him.
I learned to let him go.
And in that act,
I freed myself.

Chasa

Avec qui me suis-je mariée ?

Je ne cherche pas la justice.
Je cherche le sens.

Avec le temps, j’ai compris que nous n’avions pas formé une famille saine, parce qu’il n’avait jamais eu la capacité émotionnelle d’être un adulte entier.
Il vivait derrière des masques, avec une impulsivité que l’on ne savait pas nommer dans les années 70.
J’ai cru longtemps que c’était ma faute,
que j’avais échoué.

Aujourd’hui je sais que ce que j’ai survécu avec lui, tout le monde n’aurait pas pu le survivre.

J’ai transformé cette douleur en calme, en distance bienveillante, et maintenant en mots.

Il n’était pas mauvais : il était malade.
Un homme émotionnellement brisé, avec une structure psychique fragile que sa propre famille avait cachée.
Ils m’ont laissée seule face à une vérité que moi-même je doutais de reconnaître.

À 19 ans, on croit aux paroles,
on ne voit pas les signes,
on ne sait pas encore que l’amour peut cacher un précipice.

Il ne m’a pas trompée parce que j’étais naïve,
mais parce qu’il ne savait survivre qu’en mentant.

Avec le temps, j’ai compris que son chaos n’était pas du hasard :
c’étaient des blessures anciennes, des impulsions, des dépendances, des troubles non diagnostiqués.

Alors j’ai pu répondre à la question qui m’a suivie pendant la moitié de ma vie :

Avec qui me suis-je mariée ?
Avec un homme émotionnellement malade, non diagnostiqué, incapable d’offrir une stabilité qu’il n’avait pas en lui.

Je ne l’ai pas abandonné.
J’ai appris à le laisser partir.
Et dans ce geste,
je me suis libérée.

Chasa

 ¿Con quién me casé?

No busco justicia.
Busco sentido dijo ella, mirando asía el infinito tratando de encontrar una respuesta justa.
El sentido que llega tarde, como esas luces que solo se encienden cuando ya hemos atravesado la noche.

Cuando un día comprendí que no habíamos formado una familia sana, sino un paisaje hecho de recortes irregulares. Cuando un día comprendí que él nunca tuvo la capacidad emocional de ser un adulto completo, que cargaba heridas que en los años 70 no se le conocía  nombre. Me tomó décadas descifrar lo que sufría: de una impulsividad sin freno, de  un trauma oculto bajo capas de silencio, de una inmadurez afectiva que lo dejaba suspendido en el tiempo, de una necesidad de salvadores que jamás podían salvarlo.

Realicé que vivía detrás de máscaras. Donde detrás de ellas, se encontraba un niño perdido que nadie había aprendido a escuchar. Recuerdo que pensé muchas veces ser yo la culpable de no encajar en el modelo de« la buena esposa»: él mi primera pareja; yo, apenas una joven con una casa llena de ilusiones. Creí que mi fracaso había sido no saber construir un hogar. Hoy lo sé: lo que sobreviví con él, no cualquiera lo habría sobrevivido. Y esa sobrevivencia se volvió mi escuela silenciosa: por gracias  la transformé en calma, en distancia que no hiere, en una forma nueva de respirar. Y hoy la transformo en palabras. En legado. En literatura.

Con los años aprendí que muchas personas viven amores torcidos, parejas rotas, historias desiguales. Pero pocas logran hacer lo que yo aprendí a hacer: ponerle nombre al dolor, buscarle sentido, perdonar sin pactar con el olvido, tomar distancia sin odio, y reconstruirse como quien levanta una casa nueva sobre ruinas antiguas. Comprendí que eso no es resignación: es madurez emocional. Y aunque todavía me duela no haber conocido una pareja justa, también es verdad que: elegí la vida. Elegí la lucidez que no sabía que me esperaba. Elegí proteger a mi hijo cuando él era una sombra más grande que su propia voz. Elegí crecer cuando ya estaba al borde del abismo.

Y hoy esa verdad ya no me lastima: me sostiene como una columna interior. Lo que viví me formó, pero no me definió. Desmonté la familia que había construido, y aunque dolió, fue mi liberación. Nunca lo abandoné. Solo lo dejé. Lo dejé desde el amor sano, desde ese amor que dice “hasta aquí hemos llegado” cuando el alma pide un refugio que el cuerpo ya no puede sostener. Enfrenté sus mentiras, sus adicciones, sus deudas, su violencia, su caos. Hasta que un día la justicia tocó la puerta y ese día él perdió el disfraz. Apareció su niño herido, asustado, desbordado. Un hombre incapaz de manejar su propia sombra.


No era malo, tan solo enfermo. Así lo dijo un día su padre, antes de pedirme que olvidara sus palabras. La enfermedad que nunca estuvo en un examen médico .Vivía en sus gestos, en su impulso, en ese vacío profundo que intentaba llenar con juegos, apuestas, mentiras y adrenalina. Y su familia lo sabía. Y callaron. Dejándome sola tratando de comprender lo irreparable.

A los 19 años no vemos los riesgos. Creemos en las palabras, no reconocemos las señales, no sabemos que el amor a veces es un disfraz del abandono propio. Él no me engañó porque yo fuera ingenua. Me engañó porque él solo sabía sobrevivir mintiendo. Era lo único que tenía. Con los años entendí todo lo que nadie quiso decirme:

Que su impulsividad no era un capricho.
Que su adicción al juego no era un hobby.
Que sus proyectos rotos no eran mala suerte.
Que  su inestabilidad no era casualidad.
Que su doble vida no era una travesura.
Que su mentira permanente era su forma de respirar.

Y, finalmente, un especialista puso palabras donde yo solo tenía intuiciones. Entonces pude responder la pregunta que me acompañó media vida:

¿Pero con quién me casé?…

Me casé con un hombre emocionalmente enfermo, no diagnosticado, incapaz de sostener su propia vida, y cuya familia sabía que algún día necesitaría de alguien que lo contuviera.
Y esa “alguien”… fui yo. Hasta que una atardecer comprendí que el momento de soltarlo había golpeado a mi puerta…toc, toc  usted nos llamó…donde está él.

Chasa

The Leaders Who Touch the Heart and Forget the Soul of the People

(by Chasa)

At first, it all feels like a new dawn.
A young face, a steady voice, a promise that sounds different.
The weary people listen and believe — at last — that someone understands.
It’s the charm of words, the spell of speech, the thirst for hope.

But we must look beyond the glow.
Because when the gift is too great,
when words sound too perfect,
we must pause, breathe, and look into the eyes, not the applause.

Many have touched the people’s hearts without seeing their souls.
They speak to hunger, to fear, to the longing for justice,
yet they forget that love without respect turns into domination,
and that compassion without humility becomes tyranny.

The world remains animal, clothed in civilization.
The jungle now lives in temples, in parliaments, on screens.
While some roar for power,
others simply pray to survive.

So, it is not enough to believe:
we must think, feel, and mistrust gently.
True freedom is offered by no leader;
it grows in silence,
when we stop waiting for miracles
and learn not to sell our souls
for a little hope.

Les dirigeants qui touchent le cœur et oublient l’âme du peuple

(par Chasa)

Au commencement, tout ressemble à une aube nouvelle.
Un visage jeune, une voix assurée, une promesse différente.
Le peuple fatigué écoute et croit — enfin — qu’on le comprend.
C’est la magie du verbe, l’ivresse du discours, la soif d’espérance.

Mais il faut regarder au-delà de la lumière.
Car lorsque le cadeau est trop grand,
lorsque les mots sonnent trop justes,
il faut s’arrêter, respirer, et observer les yeux, pas les applaudissements.

Beaucoup ont touché le cœur du peuple sans voir son âme.
Ils parlent à la faim, à la peur, au désir de justice,
mais oublient que l’amour sans respect devient domination,
et que la compassion sans humilité se change en tyrannie.

Le monde reste animal, sous ses habits de civilisation.
La jungle s’est installée dans les temples, les parlements, les écrans.
Pendant que certains rugissent pour le pouvoir,
d’autres prient simplement pour survivre.

Alors, il ne suffit pas de croire :
il faut penser, ressentir, et douter avec douceur.
Car la vraie liberté ne vient d’aucun chef :
elle se cultive en silence,
quand on cesse d’attendre des miracles
et qu’on apprend à ne pas vendre son âme
pour un peu d’espérance.

“Tan solo para no olvidar lo que ya sabemos”.

Los líderes que tocan el corazón y olvidan el alma del pueblo

(par Chasa)

Al principio todo parece un amanecer.
Un rostro joven, una voz firme, una promesa que suena diferente.
El pueblo cansado escucha y siente —por fin— que alguien lo comprende.
Es el encanto del verbo, la magia del discurso, la sed de esperanza.

Pero hay que mirar detrás del brillo.
Porque cuando el regalo es demasiado grande,
cuando las palabras suenan perfectas,
hay que detenerse, respirar, y observar los ojos, no los aplausos.

Muchos han tocado el corazón del pueblo sin mirar su alma.
Le hablan al hambre, al miedo, al deseo de justicia,
pero olvidan que el amor sin respeto se vuelve dominio,
y que la compasión sin humildad termina en tiranía.

El mundo sigue siendo animal, disfrazado de civilización.
La selva está en los templos, en los parlamentos, en las pantallas.
Y mientras unos rugen por poder, otros rezan por sobrevivir.

Por eso, no basta con creer:
hay que pensar, sentir, y desconfiar con dulzura.
Porque la verdadera libertad no la ofrece ningún líder:
se cultiva dentro, en silencio, cuando uno deja de esperar milagros
y aprende a no vender su alma por un poco de esperanza.

The Fox and the Hare

Years later, as if by chance, a friend reappeared — “the Fox” — who, quite unexpectedly, awakened a new interest in the Hare.
He was clever, calculating, and planned every move until, finally, with refined tact, he made the Hare his own.

It was a brief and unexpected encounter, both for how it happened and for the stir it caused — defying people… and fate.

One Christmas night, I was calling friends to wish them happy holidays, and among so many voices, I came across an old friend.
We spoke for a few minutes, wishing each other a happy new year.
As we said goodbye, he told me kindly:
— If you’d like to go out for a coffee, call me. I’d really enjoy that. I’ll come pick you up.
— What a good idea, I’ll call you — I answered, surprised and, I must admit, flattered.

I thought a lot about that short conversation.
He had never attracted me before, but something in his voice — perhaps its calmness, its maturity — made me see him differently.
A few days later, having learned that he was alone after a seven-year relationship, I accepted his invitation.
We arranged to meet for a show.

When he arrived to pick me up, I felt that strange vibration that sometimes warns of the inevitable.
“The fox is hiding something,” I thought. But I brushed the thought aside.
He was impeccable: his car clean, his scent discreet, his manners those of a gentleman.
He offered me his arm to cross the street — a nearly forgotten gesture that can still touch the heart.
I felt comfortable, safe.

We went to listen to a music group and shared a sangria. He insisted on paying.
— You’re not used to going out, are you? — he asked, with a smile that unsettled me.
I didn’t know what to answer.

At the end of the evening, he suggested going somewhere else.
His voice was so sincere that I felt I could trust him.
He was a strong man, with deep eyes, a low voice, and a serene presence.
“A friend, the Fox,” yes… but no longer the same as before.

— Would you like to go for a drive? — he asked.
It was winter, so I suggested seeing the lights at the Old Port.
But when we got there, the place was closed, the lights off.
— Take me home, it’s late — I said.
— As you wish — he replied.

He walked me to the door and kissed me on the cheek.
— Would you like me to walk you to the door?
— No, that’s fine. Thank you. See you soon.
— See you soon — he repeated, and the Fox left.

That night, I couldn’t sleep. His image lingered in my mind.
I sent him a message:
“Thank you for the evening. I didn’t know you had such a charming side.”
He replied immediately:
“I enjoyed it too. I didn’t know your company was so lovely.”
How curious, I thought — he answered with my own words.

During the week, I replayed that evening over and over again.
He had been attentive, polite, charming.
He hadn’t let me pay and had said, with a smile,
“It seems you’re not used to being invited.”
I didn’t know what to say. It was true.
And silently, I admitted that his words had touched me.

Two weeks later, it was I who suggested going out for a drink and some music at a bar in the Old Port.
He agreed but warned he would arrive late — and so he did.
When he came, the place was packed, full of laughter and noise.

We ordered drinks, danced, and laughed.
Amid the music, he caught me off guard: the Fox kissed me.
— Hey! — I exclaimed, pulling back.
— Didn’t you like it? — he asked, his eyes tender.
— Are you single? — I asked.
He looked at me intently, shrugged slightly, and kissed me again without saying a word.
No words were needed. I understood everything.
And still, the Hare accepted.

The Hare had fallen into the trap of infatuation.
I fell in love with the Fox.
I thought I knew him, that he was free, that I was safe. But I wasn’t.
I surrendered at the first touch that reached my soul.
It was the warrior’s defeat.

The more secure I felt, the more I abandoned myself to that passion — fierce and wild — like a lioness gripping her prey and refusing to let go.
“He’s mine, only mine,” I kept telling myself.
But in the animal world, the lioness always ends up sharing her prey.
Something like that happened to me.

Falling into love’s trap is dreadful.
It was a devastating relationship that might have destroyed me if I hadn’t found the strength to leave, to free myself, to let go.
One day, I decided never to return.
I loved him with dependence and deliberate blindness.

It lasted almost four years.
It was irregular, unstable.
No alcohol, no drugs, no third parties — just him and me.
His way of loving was to surround, to envelop, to trap…
and mine, to fall without a net.
Poisoned love is one of the deadliest drugs.

His way of loving was to encircle his conquest, to capture her in his web like a spider that paralyzes the fly with a mere touch of its legs.
That’s how I felt: paralyzed, fascinated, and without escape.

He gave an excessive amount of physical love — fleeting, ephemeral — and then vanished emotionally, as if nothing had happened.
There is nothing more cruel than someone who touches your soul and then pretends they never did.

Before all this, we were simple friends, distant.
I thought I knew his story.
But his real story was a secret shared among men — a world forbidden to women.
And that, in time, I came to understand.

Today, with the distance that years provide, I look back at that time and hardly recognize myself.
I was deeply blind. I’m ashamed to tell it, but at first, I was like a fifteen-year-old girl:
I sent him videos of me singing love songs, drew his face on bits of cardboard.
I felt happy, innocently alive.

Then everything changed.
I began to feel isolated: he no longer took me out, no longer invited me anywhere.
Disillusion struck suddenly.
I went from love to anger, from tenderness to a thirst for revenge.
I wanted only one thing: to destroy him — with the same intensity with which I had felt betrayed.

He had a magnificent smile.
His mischievous eyes radiated a false innocence that inspired trust — and that’s why women fell at his feet.
He was a womanizer, but not a liar.
When he knew you knew, he simply made you understand that’s just how he was — or you left.
I think he surrounded himself with men without hearts.

Later, I heard several people say he was a true Don Juan —
that he destroyed his conquests before they even realized it.
He was addicted to sex, and he offered it on a silver platter you couldn’t turn away from.

I then understood that loving without return is to brush against damnation.
Perhaps love is that sweet disease one is better off never catching.

I, who thought I was immune to those artists of love,
ended up being one of their victims.
My insecurity grew each day.
I began to suspect it was all part of a calculated strategy:
no one could ever confirm that he was with me.
And I… had to keep silent.
That was what he demanded.

What was a playful game to him
was, to me, a silent threat:
“Either you stay… or you drown.”

Over time, I managed to resign myself and, finally, to end it.

Years later, life — which always has a strange sense of irony — made our paths cross again.
It happened at a friends’ gathering.

When I heard his voice, I felt the ground move beneath my feet.
My body trembled, the color drained from my face.
Valeria, my friend who was chatting cheerfully, suddenly looked at me and asked,
— Are you okay?
— I think I need to go to the bathroom — I mumbled, wishing I could vanish.

His voice still echoed in the room, getting closer.
— Yes, Valeria… no, Valeria… — I replied aimlessly, pretending to be calm.

Then, a kind man approached our group.
It was Roberto.
He started a light conversation — just as the Fox appeared with his new victim.
I was still in shock.

— Want to go to the bathroom? — insisted Valeria.
— No, I think I’m better now, thank you — I said, though I could barely stand.

The Fox came near, as calm as ever, and kissed me on the cheek.
— Hi! — he said naturally.
— Hi — I replied.

He introduced me to his new victim.
— Hello — she said.
— Hello — I answered, discreetly observing her.
She was taller than me, strong, with a large nose. Not beautiful,
but I knew instantly she was another Hare —
one more in the artist of love’s collection of souls touched and then forgotten.

I gathered all my strength.
I stayed chatting with kind people — Valeria and Roberto — who had no idea what was happening inside me,
while a wave of pride slowly rose within.
I had passed the test the demon had placed before me that night.

As I said goodbye, I greeted everyone politely,
even the Fox and his new victim.

I stepped out into the cold night air.
In my hands, I held a white rose — a symbol of friendship given to each guest.
I walked back to my fortress with a calm stride.
I poured myself a glass of red wine, prepared a small plate of food, and toasted silently,
thanking life for having returned my soul to me.

And I told myself:
“This Hare is still alive… and will be far more cautious along her path.”

Chasa

Le renard et la lièvre

Des années plus tard, comme par hasard, réapparut un ami — « le renard » — qui, de manière inattendue, éveilla un nouvel intérêt chez la lièvre.
Il fut rusé, calculateur, planifia chaque mouvement jusqu’à ce qu’enfin, avec un tact raffiné, il fasse sienne la lièvre.

Ce fut une rencontre fugace et imprévisible, autant par la façon dont elle se produisit que par la controverse qu’elle suscita, défiant les gens… et le destin.

Une nuit de Noël, j’appelais mes amis pour leur souhaiter de joyeuses fêtes, et parmi tant de voix, je tombai sur un vieil ami.
Nous parlâmes quelques minutes pour nous souhaiter la bonne année.
Au moment de nous quitter, il me dit d’un ton aimable :
— Si tu veux sortir prendre un café, appelle-moi. Cela me fera très plaisir. Je viendrai te chercher.
— Bonne idée, je t’appellerai — répondis-je, surprise et, je dois l’avouer, flattée.

Je réfléchis longuement à cette brève conversation.
Il ne m’avait jamais attirée auparavant, mais quelque chose dans sa voix — peut-être sa sérénité, sa maturité — me fit le voir autrement.
Quelques jours plus tard, ayant appris qu’il était seul après une rupture de sept ans, j’acceptai son invitation. Nous fixâmes un rendez-vous pour aller à un spectacle.

Lorsqu’il arriva, je ressentis cette vibration troublante qui parfois annonce l’inévitable.
« Le renard cache quelque chose », pensai-je. Mais j’écartai vite cette idée.
Il était impeccable : sa voiture propre, son parfum discret, ses manières de gentleman. Il me tendit le bras pour traverser la rue, un geste presque oublié mais encore capable de m’émouvoir.
Je me sentis à l’aise, protégée.

Nous allâmes écouter un groupe musical et partageâmes une sangria. Il insista pour payer.
— Tu n’as pas l’habitude de sortir ? — demanda-t-il, avec un sourire qui me désarma.
Je ne sus que répondre.

À la fin du spectacle, il proposa d’aller ailleurs. Sa voix était si sincère que je me sentis en confiance.
C’était un homme fort, au regard profond, à la voix grave et à la présence tranquille. « Un ami, le renard », oui… mais plus tout à fait le même qu’autrefois.

— Tu veux faire un tour ? — demanda-t-il.
C’était l’hiver, alors je suggérai d’aller voir les lumières du Vieux-Port.
Mais en arrivant, l’endroit était fermé, les lumières éteintes.
— Ramène-moi chez moi, il se fait tard — dis-je.
— Comme tu voudras — répondit-il.

Il me raccompagna jusqu’à la porte et m’embrassa sur la joue.
— Tu veux que je t’accompagne jusqu’à la porte ?
— Non, ça ira. Merci beaucoup. À bientôt.
— À bientôt — répéta-t-il, et le renard s’en alla.

Cette nuit-là, je ne pus dormir. Son image me hantait l’esprit.
Je lui envoyai un message :
« Je te remercie pour ce moment. Je ne te connaissais pas ce côté si galant. »
Il répondit aussitôt :
« Moi aussi j’ai passé un bon moment. Je ne connaissais pas ta belle compagnie. »
Curieux, pensai-je, il m’a répondu avec mes propres mots…

Durant la semaine, je revis cette soirée encore et encore.
Il avait été attentionné, poli, charmant.
Il ne m’avait pas laissé payer et m’avait dit, avec un sourire :
« On dirait que tu n’es pas habituée à être invitée. »
Je ne sus que répondre. C’était vrai. Et en silence, j’admis que ses paroles m’avaient touchée.

Deux semaines plus tard, ce fut moi qui lui proposai de sortir boire un verre et écouter de la musique dans un bar du Vieux-Port.
Il accepta, tout en m’avertissant qu’il arriverait tard. Et ainsi fut-il.
Lorsqu’il arriva, l’endroit débordait de monde, dans une ambiance joyeuse et bruyante.

Nous commandâmes quelques verres, dansâmes, rîmes.
Au milieu du tumulte, il me surprit : le renard m’embrassa.
— Hop ! — m’exclamai-je en m’écartant.
— Tu n’as pas aimé ? — demanda-t-il, le regard tendre.
— Tu es célibataire ? — voulus-je savoir.
Il me fixa, haussa légèrement les épaules et m’embrassa à nouveau sans dire un mot.
Il n’était pas besoin de parler.
Je compris tout.
Et pourtant, la lièvre accepta.

La lièvre était tombée dans le piège de l’amour.
Je tombai amoureuse du renard.
Je croyais le connaître, croire qu’il était libre, que j’étais à l’abri. Mais non.
Je succombai à la première caresse qui effleura mon âme.
Ce fut la défaite du guerrier.

Plus je me croyais en sécurité, plus je m’abandonnais à cette passion, enragée et brûlante, telle une lionne qui saisit sa proie et refuse de la lâcher.
« Il est à moi, rien qu’à moi », me répétais-je.
Mais dans le monde animal, la lionne finit toujours par partager sa proie.
Quelque chose de semblable m’arriva.

Tomber dans le piège de l’amour est terrible.
Ce fut une relation dévastatrice, qui aurait pu me détruire si je n’avais pas eu la force de partir, de me libérer, de lâcher prise.
Un jour, j’ai décidé de ne jamais revenir.
Je l’ai aimé avec dépendance et cécité volontaire.

Cela dura presque quatre ans.
Une relation irrégulière, instable.
Sans alcool, sans drogues, sans tiers.
Seulement lui et moi.
Sa manière d’aimer consistait à encercler, à envelopper, à capturer…
et la mienne, à me laisser tomber sans filet.
L’amour empoisonné est l’une des pires drogues.

Sa façon d’aimer consistait à entourer sa proie, à l’enfermer dans sa toile comme l’araignée qui paralyse la mouche d’un simple effleurement de ses pattes.
Voilà comment je me sentais : paralysée, fascinée, sans échappatoire.

Il donnait une quantité démesurée d’amour physique, éphémère, fugace…
puis disparaissait émotionnellement, comme si rien ne s’était passé.
Il n’y a rien de plus cruel que quelqu’un qui touche ton âme et prétend ensuite ne jamais l’avoir fait.

Avant tout cela, nous étions de simples amis, distants.
Je croyais connaître son histoire.
Mais sa véritable histoire était un secret partagé entre hommes, un monde interdit aux femmes.
Et c’est ce que j’ai fini par comprendre.

Aujourd’hui, avec la distance que donnent les années, je me regarde à cette époque et j’ai du mal à me reconnaître.
J’étais profondément aveugle.
J’ai honte de le raconter, mais au début j’étais comme une adolescente de quinze ans : je lui envoyais des vidéos où je chantais des chansons d’amour, je dessinais son visage sur des morceaux de carton.
Je me sentais heureuse, naïvement vivante.

Puis tout changea.
Je commençai à me sentir isolée : il ne sortait plus avec moi, ne m’invitait plus nulle part.
La désillusion arriva brutalement.
Je passai de l’amour à la colère, de la tendresse au désir de vengeance.
Je ne voulais qu’une chose : le détruire, avec la même intensité que celle avec laquelle j’avais ressenti sa trahison.

Il avait un sourire magnifique.
Son regard espiègle dégageait une malice qui paraissait innocente, mais ne l’était pas.
Cette fausse innocence inspirait confiance, et c’est pour cela que les femmes tombaient à ses pieds.
C’était un séducteur, mais pas un menteur.
Lorsqu’il savait que tu savais, il te faisait simplement comprendre que c’était ainsi… ou tu partais.
Je crois qu’il s’entourait d’hommes sans cœur.

Plus tard, j’entendis plusieurs personnes dire que c’était un véritable Don Juan,
qu’il détruisait ses conquêtes sans qu’elles s’en aperçoivent.
Il était accro au sexe, et il t’en offrait la tentation sur un plateau d’argent dont il était impossible de se détourner.

Je compris alors qu’aimer sans retour, c’est frôler la condamnation.
L’amour serait-il cette douce maladie qu’il vaut mieux ne jamais contracter ?

Moi qui croyais être immunisée contre ces artistes de l’amour,
je finis par être l’une de leurs victimes.
Mon insécurité grandissait chaque jour.
Je commençai à soupçonner que tout n’était qu’une stratégie calculée :
personne ne pouvait confirmer qu’il était avec moi.
Et moi… je devais garder le silence.
C’était ce qu’il me demandait.

Ce qui, pour lui, n’était qu’un jeu,
était pour moi une menace silencieuse :
« Tu restes… ou tu coules. »

Avec le temps, je réussis à me résigner et, finalement, à y mettre fin.

Des années plus tard, la vie — qui a toujours un étrange sens de l’ironie — voulut que nos chemins se croisent à nouveau.
C’était lors d’une réunion d’amis.

En entendant sa voix, je sentis le sol se dérober sous mes pieds.
Mon corps tremblait, la couleur quitta mon visage.
Valéria, mon amie qui parlait joyeusement, me regarda soudain et demanda :
— Ça va ?
— Je crois que j’ai besoin d’aller aux toilettes — balbutiai-je, souhaitant disparaître.

Sa voix résonnait encore dans la salle, de plus en plus près.
— Oui, Valéria… non, Valéria… — répondis-je machinalement, tentant de paraître calme.

Alors, un homme aimable s’approcha de notre groupe.
C’était Roberto.
Il engagea une conversation légère, juste au moment où le renard apparut avec sa nouvelle victime.
J’étais encore sous le choc.

— Tu veux aller aux toilettes ? — insista Valéria.
— Non, je crois que ça va mieux, merci — répondis-je, bien que je pouvais à peine tenir debout.

Le renard s’approcha, aussi tranquille qu’autrefois, et m’embrassa sur la joue.
— Salut ! — dit-il naturellement.
— Salut — répondis-je.

Il me présenta sa nouvelle victime.
— Bonjour — dit-elle.
— Bonjour — répondis-je, l’observant discrètement.
Elle était plus grande que moi, robuste, au nez fort.
Elle n’était pas belle, mais je sus immédiatement que c’était une autre lièvre de l’artiste de l’amour,
une de plus sur sa liste d’âmes touchées puis oubliées.

Je rassemblai toutes mes forces.
Je restai à discuter avec des gens aimables — Valéria et Roberto — sans qu’ils ne soupçonnent ce que je vivais intérieurement,
tandis qu’une vague de fierté m’envahissait.
J’avais surmonté l’épreuve que le démon m’avait imposée ce soir-là.

Au moment de partir, je saluai tout le monde avec respect,
même le renard et sa nouvelle proie.

Je sortis dans le froid de la nuit.
Dans mes mains, je tenais une rose blanche, symbole d’amitié offerte à chaque invité.
Je marchai vers ma forteresse d’un pas serein.
Je me servis un verre de vin rouge, préparai une petite collation et portai un toast, en silence,
remerciant la vie de m’avoir rendu mon âme.

Et je me dis :
« Cette lièvre est toujours vivante… et sera désormais plus prudente sur son chemin. »

Chasa

El cuento entre el zorro y la libre

El zorro y la liebre

Años más tarde, como por azar, apareció un amigo: «el zorro», que de manera imprevista despertó un interés en la liebre.
Fue astuto, calculador, planeó cada jugada hasta que, por fin, con refinado tacto, hizo suya a la liebre.

Fue un encuentro fugaz e inesperado, tanto por la forma en que sucedió como por la controversia que generó, desafiando a la gente… y al destino.

Una noche de Navidad llamaba a mis amistades para saludarlas y, entre tantas voces, di con un viejo amigo. Hablamos unos minutos para desearnos un feliz año nuevo.
Al despedirnos, me dijo con un tono amable:
—Si quieres salir a tomar un café, llámame. Me dará mucho gusto. Pasaré a buscarte.
—Qué buena idea, te llamaré —respondí, sorprendida y, debo admitir, halagada.

Reflexioné mucho sobre aquella breve conversación. Nunca me había atraído antes, pero algo en su voz —quizás su serenidad, su madurez— me hizo verlo con otros ojos.
Días después, ya enterada de que estaba solo tras una ruptura de siete años, accedí a su invitación. Concertamos una cita para ir a un espectáculo.

Cuando llegó a buscarme, sentí esa vibración inquietante que a veces anuncia lo inevitable. “El zorro está ocultando algo”, pensé. Pero lo deseché.
Estaba impecable: su coche limpio, su perfume discreto, sus modales de caballero. Me ofreció el brazo para cruzar la calle, un gesto casi olvidado que aún logra conmover. Me sentí cómoda, protegida.

Fuimos a escuchar un grupo musical y compartimos una sangría. Insistió en pagar.
—¿No estás habituada a salir? —me preguntó, con una sonrisa que me desconcertó.
No supe qué responder.

Al final del espectáculo propuso ir a otro lugar. Su voz era tan sincera que me sentí en confianza. Era un hombre fuerte, de mirada profunda, voz ronca y presencia serena. “Un amigo, el zorro”, sí… pero ya no el mismo de antes.

—¿Te gustaría dar una vuelta? —preguntó.
Era invierno, así que sugerí ir a ver las luces del Viejo Puerto.
Pero cuando llegamos, el lugar estaba cerrado, las luces apagadas.
—Llévame a casa, ya es tarde —dije.
—Como quieras —respondió.

Me acompañó hasta la puerta y me besó en la mejilla.
—¿Quieres que te acompañe hasta la puerta?
—No, está bien. Muchas gracias. Hasta pronto.
—Hasta pronto —repitió, y el zorro se marchó.

Esa noche no pude dormir. Su imagen me rondaba la mente. Le envié un mensaje:
“Te agradezco el momento. No conocía ese lado tan galán de ti.”
Él respondió enseguida:
“Yo también lo pasé muy bien. Tampoco conocía tu bella compañía.”
Qué curioso, pensé, me respondió con mis mismas palabras…

Durante la semana reviví aquella velada una y otra vez. Había sido atento, educado, encantador. No me dejó pagar y me dijo con una sonrisa:
“Parece que no estás acostumbrada a que te inviten.”
No supe qué contestar. Era cierto. Y en silencio admití que sus palabras me habían tocado.

Dos semanas más tarde, fui yo quien le propuso salir a tomar algo y escuchar música en un bar del Viejo Puerto. Aceptó, aunque advirtió que llegaría tarde. Y así fue.
Cuando apareció, el lugar rebosaba de gente, con un ambiente alegre y ruidoso.

Pedimos unas copas, bailamos, reímos. En medio del bullicio, me tomó por sorpresa: el zorro me besó.
—¡Hop! —exclamé, apartándome.
—¿No te gustó? —preguntó, mirándome con ternura.
—¿Eres soltero? —quise saber.
Me miró fijamente, asintió apenas con los hombros y volvió a besarme sin decir palabra. No hacía falta. Lo entendí todo.
Y, aun así, la liebre aceptó.

La liebre había caído en la trampa del enamoramiento. Me enamoré del zorro.
Creí que lo conocía, que era libre, que yo estaba a salvo. Pero no. Caí rendida ante la primera caricia que tocó mi alma.
Fue la derrota del guerrero.

Cuanto más segura me creía, más me abandoné a esa pasión, envuelta en furia y deseo, como una leona que atrapa a su presa y se niega a soltarla.
“Es mío, solo mío”, me repetía.
Pero en el mundo animal, la leona siempre acaba compartiendo su presa. Algo así me ocurrió.

Caer en la trampa del amor es espantoso. Fue una relación devastadora que podría haberme destruido si no hubiera tenido la fuerza de irme, de liberarme, de soltar. De un día decidir no volver nunca más.
Lo amé con dependencia y ceguera voluntaria.

Duró casi cuatro años.
Fue irregular, inestable. Sin alcohol, sin drogas, sin terceros. Solo él y yo.
Su manera de amar consistía en rodear, envolver, atrapar… y mi forma de amar fue dejarme caer, sin red.
El amor envenenado es una de las peores drogas.

Su manera de amar consistía en rodear a su conquista, atraparla en su red como una araña que inmoviliza a la mosca con solo el roce de sus patas.
Así fue como me sentí: paralizada, fascinada y sin escapatoria.

Daba una cantidad desmesurada de amor físico, efímero, fugaz… para luego desaparecer emocionalmente, como si nada hubiera pasado.
No hay nada más cruel que alguien que toca tu alma y después finge que nunca lo hizo.

Antes de todo esto, éramos simples amigos, distantes. Yo creía conocer su historia.
Pero su historia verdadera era un secreto compartido entre hombres, un mundo vedado a las mujeres. Y eso fue lo que, con el tiempo, terminé comprendiendo.

Hoy, con la distancia que dan los años, me miro en aquella época y casi no me reconozco. Estaba profundamente ciega. Me avergüenza contarlo, pero al principio era como una adolescente de quince años: le enviaba videos cantando canciones de amor, dibujaba su rostro en pedazos de cartón. Me sentía feliz, ingenuamente viva.
Después, todo cambió. Comencé a sentirme aislada: no compartía salidas ni fiestas conmigo, nunca más me invitó a salir.

El desencanto llegó de golpe. Pasé del amor a la rabia, de la ternura al deseo de venganza. Solo quería una cosa: destruirlo, con la misma intensidad con que había sentido su traición.

Tenía una sonrisa magnífica. Su mirada traviesa desprendía una picardía que parecía inocente, pero no lo era. Esa falsa inocencia inspiraba confianza, y por eso las mujeres caían rendidas a sus pies.
Era un mujeriego, pero no un mentiroso. Cuando sabía que tú sabías, simplemente te hacía entender que así era… o te ibas.
Creo que se rodeaba de hombres sin corazón.

Más tarde escuché a varias personas decir que era un verdadero Don Juan, que destruía a sus conquistas sin que ellas siquiera lo notaran.
Era un adicto al sexo, y te lo ofrecía sobre un plato de plata del que era imposible apartarse.

Comprendí entonces que amar sin retorno era rozar la condena.
¿Será que el amor es esa dulce enfermedad que es mejor no contraer jamás?

Yo, que creía estar inmunizada contra esos artistas del amor, terminé siendo una de sus víctimas.
Mi inseguridad crecía cada día. Empecé a sospechar que todo era una estrategia calculada: nadie podía confirmar que él estaba conmigo.
Y yo… debía guardar silencio.
Eso era lo que él me pedía.

Lo que para él era un juego travieso, para mí era una amenaza silenciosa: “O te quedas, o te hundes.”

Con el tiempo, logré resignarme y, finalmente, ponerle fin.

Años después, la vida —que siempre tiene un extraño sentido del humor— quiso que nos cruzáramos de nuevo. Fue en una reunión de amigos.

Cuando escuché su voz, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El cuerpo me temblaba, el color me abandonó el rostro.
Valeria, mi amiga que hablaba animadamente, me miró de pronto y preguntó:
—¿Estás bien?
—Creo que necesito ir al baño —balbuceé, deseando desaparecer.

Su voz seguía resonando en la sala, cada vez más cerca.
—Sí, Valeria… no, Valeria… —respondí sin sentido, intentando fingir calma.

Entonces, un hombre amable se acercó a nuestro grupo. Era Roberto.
Comenzó una conversación trivial, justo cuando el zorro apareció con su nueva víctima.
Yo seguía en shock.

—¿Quieres ir al baño? —insistió Valeria.
—No, creo que estoy mejor, gracias —respondí, aunque apenas podía sostenerme.

El zorro se acercó, tan tranquilo como siempre, y me besó en la mejilla.
—¡Hola! —dijo con naturalidad.
—Hola —respondí.

Me presentó a su nueva víctima.
—Hola —dijo ella.
—Hola —contesté, observándola disimuladamente. Era más alta que yo, robusta, de nariz grande. No era hermosa, pero supe enseguida que era otra liebre del artista del amor, una más en su lista de almas tocadas y luego olvidadas.

Reuní todas mis fuerzas. Me quedé conversando con personas amables —Valeria y Roberto, sin sospechar lo que me ocurría por dentro—, mientras me invadía una oleada de orgullo.
Había superado la prueba que el demonio me había puesto esa noche.

Al despedirme, saludé con respeto a todos, incluso al zorro y a su nueva víctima.
Salí al aire frío de la noche.

En mis manos llevaba una rosa blanca, símbolo de amistad que los anfitriones ofrecían a cada invitado.
Caminé hasta mi fortaleza con paso sereno.
Me serví una copa de vino tinto, preparé una pequeña picada y brindé en silencio, agradeciendo a la vida por haberme devuelto mi alma.

Y me dije:
«Esta liebre sigue viva… y será más precavida en su camino.»

Chasa

Argentina

Reflexión – 16 octobre 2025

La historia argentina no cambia por sorpresa, sino por repetición.
El pueblo, cansado de promesas incumplidas, acepta el sacrificio con la esperanza de evitar otra catástrofe.
Javier Milei gobierna con la sutileza de quien entiende la fragilidad de la memoria colectiva: ajusta, divide, promete libertad mientras firma nuevas cadenas de deuda.

Los argentinos, heridos por el pasado, prefieren la continuidad a la incertidumbre.
Han visto el caos, lo temen. Y así, aunque los votos sean justos y la esperanza mínima, eligen no romper otra vez el espejo de la estabilidad.
No habrá guerra civil, solo una calma forzada, una resignación que disfraza la impotencia.

Los 20 mil millones que llegan como salvación son en realidad un lazo invisible que aprieta el futuro.
No se compran armas ni alimentos con ellos: se compra tiempo.
Tiempo para que el pueblo crea, para que el poder se reacomode, para que el endeudamiento se disfrace de orden.

Pero la historia no olvida, aunque el pueblo a veces lo haga.
Cuando el mandato termine y la nación despierte más endeudada, más cansada, volverá la misma pregunta que atraviesa las generaciones argentinas:
¿cuánto puede soportar un pueblo antes de despertar otra vez?


Réflexion

Escribo esto en calma, sabiendo que el tiempo pondrá a cada uno en su lugar.
No es un juicio, es una advertencia: todo poder que promete libertad a costa de la memoria termina repitiendo el ciclo del sometimiento.
Que estas palabras queden aquí, como testimonio de lucidez en medio del ruido.

Chasa