El cuento entre el zorro y la libre

El zorro y la liebre

Años más tarde, como por azar, apareció un amigo: «el zorro», que de manera imprevista despertó un interés en la liebre.
Fue astuto, calculador, planeó cada jugada hasta que, por fin, con refinado tacto, hizo suya a la liebre.

Fue un encuentro fugaz e inesperado, tanto por la forma en que sucedió como por la controversia que generó, desafiando a la gente… y al destino.

Una noche de Navidad llamaba a mis amistades para saludarlas y, entre tantas voces, di con un viejo amigo. Hablamos unos minutos para desearnos un feliz año nuevo.
Al despedirnos, me dijo con un tono amable:
—Si quieres salir a tomar un café, llámame. Me dará mucho gusto. Pasaré a buscarte.
—Qué buena idea, te llamaré —respondí, sorprendida y, debo admitir, halagada.

Reflexioné mucho sobre aquella breve conversación. Nunca me había atraído antes, pero algo en su voz —quizás su serenidad, su madurez— me hizo verlo con otros ojos.
Días después, ya enterada de que estaba solo tras una ruptura de siete años, accedí a su invitación. Concertamos una cita para ir a un espectáculo.

Cuando llegó a buscarme, sentí esa vibración inquietante que a veces anuncia lo inevitable. “El zorro está ocultando algo”, pensé. Pero lo deseché.
Estaba impecable: su coche limpio, su perfume discreto, sus modales de caballero. Me ofreció el brazo para cruzar la calle, un gesto casi olvidado que aún logra conmover. Me sentí cómoda, protegida.

Fuimos a escuchar un grupo musical y compartimos una sangría. Insistió en pagar.
—¿No estás habituada a salir? —me preguntó, con una sonrisa que me desconcertó.
No supe qué responder.

Al final del espectáculo propuso ir a otro lugar. Su voz era tan sincera que me sentí en confianza. Era un hombre fuerte, de mirada profunda, voz ronca y presencia serena. “Un amigo, el zorro”, sí… pero ya no el mismo de antes.

—¿Te gustaría dar una vuelta? —preguntó.
Era invierno, así que sugerí ir a ver las luces del Viejo Puerto.
Pero cuando llegamos, el lugar estaba cerrado, las luces apagadas.
—Llévame a casa, ya es tarde —dije.
—Como quieras —respondió.

Me acompañó hasta la puerta y me besó en la mejilla.
—¿Quieres que te acompañe hasta la puerta?
—No, está bien. Muchas gracias. Hasta pronto.
—Hasta pronto —repitió, y el zorro se marchó.

Esa noche no pude dormir. Su imagen me rondaba la mente. Le envié un mensaje:
“Te agradezco el momento. No conocía ese lado tan galán de ti.”
Él respondió enseguida:
“Yo también lo pasé muy bien. Tampoco conocía tu bella compañía.”
Qué curioso, pensé, me respondió con mis mismas palabras…

Durante la semana reviví aquella velada una y otra vez. Había sido atento, educado, encantador. No me dejó pagar y me dijo con una sonrisa:
“Parece que no estás acostumbrada a que te inviten.”
No supe qué contestar. Era cierto. Y en silencio admití que sus palabras me habían tocado.

Dos semanas más tarde, fui yo quien le propuso salir a tomar algo y escuchar música en un bar del Viejo Puerto. Aceptó, aunque advirtió que llegaría tarde. Y así fue.
Cuando apareció, el lugar rebosaba de gente, con un ambiente alegre y ruidoso.

Pedimos unas copas, bailamos, reímos. En medio del bullicio, me tomó por sorpresa: el zorro me besó.
—¡Hop! —exclamé, apartándome.
—¿No te gustó? —preguntó, mirándome con ternura.
—¿Eres soltero? —quise saber.
Me miró fijamente, asintió apenas con los hombros y volvió a besarme sin decir palabra. No hacía falta. Lo entendí todo.
Y, aun así, la liebre aceptó.

La liebre había caído en la trampa del enamoramiento. Me enamoré del zorro.
Creí que lo conocía, que era libre, que yo estaba a salvo. Pero no. Caí rendida ante la primera caricia que tocó mi alma.
Fue la derrota del guerrero.

Cuanto más segura me creía, más me abandoné a esa pasión, envuelta en furia y deseo, como una leona que atrapa a su presa y se niega a soltarla.
“Es mío, solo mío”, me repetía.
Pero en el mundo animal, la leona siempre acaba compartiendo su presa. Algo así me ocurrió.

Caer en la trampa del amor es espantoso. Fue una relación devastadora que podría haberme destruido si no hubiera tenido la fuerza de irme, de liberarme, de soltar. De un día decidir no volver nunca más.
Lo amé con dependencia y ceguera voluntaria.

Duró casi cuatro años.
Fue irregular, inestable. Sin alcohol, sin drogas, sin terceros. Solo él y yo.
Su manera de amar consistía en rodear, envolver, atrapar… y mi forma de amar fue dejarme caer, sin red.
El amor envenenado es una de las peores drogas.

Su manera de amar consistía en rodear a su conquista, atraparla en su red como una araña que inmoviliza a la mosca con solo el roce de sus patas.
Así fue como me sentí: paralizada, fascinada y sin escapatoria.

Daba una cantidad desmesurada de amor físico, efímero, fugaz… para luego desaparecer emocionalmente, como si nada hubiera pasado.
No hay nada más cruel que alguien que toca tu alma y después finge que nunca lo hizo.

Antes de todo esto, éramos simples amigos, distantes. Yo creía conocer su historia.
Pero su historia verdadera era un secreto compartido entre hombres, un mundo vedado a las mujeres. Y eso fue lo que, con el tiempo, terminé comprendiendo.

Hoy, con la distancia que dan los años, me miro en aquella época y casi no me reconozco. Estaba profundamente ciega. Me avergüenza contarlo, pero al principio era como una adolescente de quince años: le enviaba videos cantando canciones de amor, dibujaba su rostro en pedazos de cartón. Me sentía feliz, ingenuamente viva.
Después, todo cambió. Comencé a sentirme aislada: no compartía salidas ni fiestas conmigo, nunca más me invitó a salir.

El desencanto llegó de golpe. Pasé del amor a la rabia, de la ternura al deseo de venganza. Solo quería una cosa: destruirlo, con la misma intensidad con que había sentido su traición.

Tenía una sonrisa magnífica. Su mirada traviesa desprendía una picardía que parecía inocente, pero no lo era. Esa falsa inocencia inspiraba confianza, y por eso las mujeres caían rendidas a sus pies.
Era un mujeriego, pero no un mentiroso. Cuando sabía que tú sabías, simplemente te hacía entender que así era… o te ibas.
Creo que se rodeaba de hombres sin corazón.

Más tarde escuché a varias personas decir que era un verdadero Don Juan, que destruía a sus conquistas sin que ellas siquiera lo notaran.
Era un adicto al sexo, y te lo ofrecía sobre un plato de plata del que era imposible apartarse.

Comprendí entonces que amar sin retorno era rozar la condena.
¿Será que el amor es esa dulce enfermedad que es mejor no contraer jamás?

Yo, que creía estar inmunizada contra esos artistas del amor, terminé siendo una de sus víctimas.
Mi inseguridad crecía cada día. Empecé a sospechar que todo era una estrategia calculada: nadie podía confirmar que él estaba conmigo.
Y yo… debía guardar silencio.
Eso era lo que él me pedía.

Lo que para él era un juego travieso, para mí era una amenaza silenciosa: “O te quedas, o te hundes.”

Con el tiempo, logré resignarme y, finalmente, ponerle fin.

Años después, la vida —que siempre tiene un extraño sentido del humor— quiso que nos cruzáramos de nuevo. Fue en una reunión de amigos.

Cuando escuché su voz, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El cuerpo me temblaba, el color me abandonó el rostro.
Valeria, mi amiga que hablaba animadamente, me miró de pronto y preguntó:
—¿Estás bien?
—Creo que necesito ir al baño —balbuceé, deseando desaparecer.

Su voz seguía resonando en la sala, cada vez más cerca.
—Sí, Valeria… no, Valeria… —respondí sin sentido, intentando fingir calma.

Entonces, un hombre amable se acercó a nuestro grupo. Era Roberto.
Comenzó una conversación trivial, justo cuando el zorro apareció con su nueva víctima.
Yo seguía en shock.

—¿Quieres ir al baño? —insistió Valeria.
—No, creo que estoy mejor, gracias —respondí, aunque apenas podía sostenerme.

El zorro se acercó, tan tranquilo como siempre, y me besó en la mejilla.
—¡Hola! —dijo con naturalidad.
—Hola —respondí.

Me presentó a su nueva víctima.
—Hola —dijo ella.
—Hola —contesté, observándola disimuladamente. Era más alta que yo, robusta, de nariz grande. No era hermosa, pero supe enseguida que era otra liebre del artista del amor, una más en su lista de almas tocadas y luego olvidadas.

Reuní todas mis fuerzas. Me quedé conversando con personas amables —Valeria y Roberto, sin sospechar lo que me ocurría por dentro—, mientras me invadía una oleada de orgullo.
Había superado la prueba que el demonio me había puesto esa noche.

Al despedirme, saludé con respeto a todos, incluso al zorro y a su nueva víctima.
Salí al aire frío de la noche.

En mis manos llevaba una rosa blanca, símbolo de amistad que los anfitriones ofrecían a cada invitado.
Caminé hasta mi fortaleza con paso sereno.
Me serví una copa de vino tinto, preparé una pequeña picada y brindé en silencio, agradeciendo a la vida por haberme devuelto mi alma.

Y me dije:
«Esta liebre sigue viva… y será más precavida en su camino.»

Chasa

Argentina

Reflexión – 16 octobre 2025

La historia argentina no cambia por sorpresa, sino por repetición.
El pueblo, cansado de promesas incumplidas, acepta el sacrificio con la esperanza de evitar otra catástrofe.
Javier Milei gobierna con la sutileza de quien entiende la fragilidad de la memoria colectiva: ajusta, divide, promete libertad mientras firma nuevas cadenas de deuda.

Los argentinos, heridos por el pasado, prefieren la continuidad a la incertidumbre.
Han visto el caos, lo temen. Y así, aunque los votos sean justos y la esperanza mínima, eligen no romper otra vez el espejo de la estabilidad.
No habrá guerra civil, solo una calma forzada, una resignación que disfraza la impotencia.

Los 20 mil millones que llegan como salvación son en realidad un lazo invisible que aprieta el futuro.
No se compran armas ni alimentos con ellos: se compra tiempo.
Tiempo para que el pueblo crea, para que el poder se reacomode, para que el endeudamiento se disfrace de orden.

Pero la historia no olvida, aunque el pueblo a veces lo haga.
Cuando el mandato termine y la nación despierte más endeudada, más cansada, volverá la misma pregunta que atraviesa las generaciones argentinas:
¿cuánto puede soportar un pueblo antes de despertar otra vez?


Réflexion

Escribo esto en calma, sabiendo que el tiempo pondrá a cada uno en su lugar.
No es un juicio, es una advertencia: todo poder que promete libertad a costa de la memoria termina repitiendo el ciclo del sometimiento.
Que estas palabras queden aquí, como testimonio de lucidez en medio del ruido.

Chasa

Argentine

Réflexion – 16 octobre 2025

L’histoire de l’Argentine ne change pas par surprise, mais par répétition.
Le peuple, lassé des promesses non tenues, accepte le sacrifice dans l’espoir d’éviter une nouvelle catastrophe.
Javier Milei gouverne avec la subtilité de celui qui connaît la fragilité de la mémoire collective : il réduit, il divise, il promet la liberté tout en signant de nouvelles chaînes de dette.

Les Argentins, marqués par le passé, préfèrent la continuité à l’incertitude.
Ils ont vu le chaos, ils le redoutent. Ainsi, même si les votes sont serrés et l’espérance fragile, ils choisissent de ne pas briser à nouveau le miroir de la stabilité.
Il n’y aura pas de guerre civile, seulement un calme forcé, une résignation qui dissimule l’impuissance.

Les vingt milliards qui arrivent comme une délivrance sont en réalité un lien invisible qui serre l’avenir.
On n’achète ni armes ni nourriture avec cet argent : on achète du temps.
Du temps pour que le peuple croie encore, pour que le pouvoir se réorganise, pour que l’endettement se déguise en ordre.

Mais l’histoire n’oublie pas, même si le peuple, parfois, le fait.
Lorsque le mandat s’achèvera et que la nation se réveillera plus endettée, plus épuisée, reviendra la même question qui traverse les générations argentines :
jusqu’à quand un peuple peut-il supporter avant de se réveiller à nouveau ?

Note d’auteure

J’ai écrit cette réflexion en octobre 2025, à un moment où l’Argentine vit une transition délicate, pleine d’incertitudes et d’attentes.
Ce texte ne cherche ni à juger ni à diviser, mais à observer — avec la sensibilité d’une citoyenne et d’une autrice — la complexité d’un pays qui, encore une fois, se retrouve face à son histoire.

Les mots que j’ai choisis ne sont pas politiques, mais humains.
Ils traduisent l’émotion et la lucidité de ce temps, sans prétendre imposer une vérité.
Si, dans l’avenir, cette page résonne différemment, ce sera simplement parce que le temps aura changé la lumière sous laquelle on la lit.

Je crois que l’écriture a le devoir de garder la mémoire, même silencieuse, de ce que vivent les peuples.
Cette réflexion en est un fragment.

— Chasa

Cadeau à ma mère

En rentrant dans ta chambre, je t’aperçois… ton regard fixe… tes yeux bons.
Ta chambre, petite mais agréable, est peinte en blanc. Une grande fenêtre, face à ton lit, donne vue sur le parc de la résidence,
là où tu vis depuis quelques mois.

Par la fenêtre, on aperçoit un ciel majestueusement bleu, traversé de rayons
de soleil qui se perdent dans l’infini. La beauté des arbres d’un âge incertain,
couverts d’une immense profusion de feuilles — certaines vert foncé, d’autres plus pâles —
complète ce tableau de sérénité.

On y voit quelques résidents accompagnés d’un préposé ou d’un membre de leur famille.
On dirait que quelques oiseaux les suivent au pas, attendant quelques miettes échappées de leurs mains.

La fenêtre est habillée d’un rideau en dentelle blanche immaculée.
Des pans tombent de chaque côté, laissant ton regard libre de vagabonder selon ton imagination.

Sur les murs, quelques cadres : tes enfants, tes petits-enfants, toi avec ton époux.
Ils t’accompagnent jour et nuit. Les regarder, pour ne pas les oublier,
fait partie de tes petits rituels à chaque heure de ta vie.

Quelques meubles entourent ton lit, et une étagère en face garde précieusement
tes livres et tes écrits — tes « trésors », comme tu les appels.

Tu es étendue sur ton lit.
On dirait que tu espères qu’un de tes enfants franchisse la porte de ta chambre,
ou bien que ce soit un de tes ancêtres que tu voudrais revoir…
Ta propre mère, ton ange gardien.

Ton regard est triste, affaissé par la longue maladie —
maladie que la vie t’a destinée à porter depuis ta tendre enfance,
dans tes tripes, sur ton dos.

Je me souviens… ta mère tressait tes longs cheveux,
les tournait de chaque côté près de tes oreilles.
Elle aimait tresser tes cheveux, et toi, tu te sentais comme une petite princesse entre ses mains.

Vous aviez déménagé dans un chaleureux logement du centre-ville.
Un long passage à l’entrée… je m’en souviens,
car une photo te montrait avec ton père et ta mère,
prise en hiver.

Vous étiez vêtus de manteaux. Le tien avait un col en fourrure,
et une manchon en fourrure couvrait tes petites mains.
Tu me disais que ta mère l’avait confectionnée.

Ta maman, svelte, posait avec un chapeau,
d’où une légère frange de dentelle cachait discrètement ses yeux.
Ton père, habillé d’un long manteau noir,
laissait entrevoir quelques rondeurs dissimulées.
C’était un très beau souvenir de famille — le seul que tu conservais.

Ton père exerçait le poste de directeur du journal de ta ville natale,
et il était écrivain.
Ta mère, elle, était tailleuse pour hommes dans l’atelier familial,
non loin du bureau de ton père.

D’ailleurs, il était client — c’est ainsi qu’ils se sont connus,
à force de visites.

Ton père a assurément succombé à la beauté de ta mère,
et ta mère à l’élégance, la distinction, et l’éloquence de ton père.

Mais ces qualités avaient aussi charmé d’autres femmes,
et ton père avait bien compris qu’elles pouvaient, elles aussi, l’enchanter.

C’est ainsi qu’un jour, ta mère a mis fin à leur relation.

À tes neuf ans, ta mère a rencontré celui qui deviendrait son époux par amour.
En voulant lui donner un enfant, la vie te l’a enlevée.
Elle est décédée en donnant naissance à celui qui est parti avec elle pour toujours :
ton frère.

Celui que tu ne voulais pas, car tu savais qu’il allait te voler ta mère.

Une hémorragie violente les a emportés au moment de l’accouchement,
laissant les médecins impuissants.

Du jour au lendemain, tu t’es retrouvée seule.

Le matin de son exposition, tous sont venus lui dire adieu.
Toi, pas trop loin de la scène, mais en retrait des regards,
profitant d’un moment d’inattention,
tu t’es précipitée sur le cercueil ouvert
et tu t’y es jetée.

Tu voulais partir avec eux — même si ton frère avait volé ta mère.

Mais tu as senti qu’on t’attrapait par les cheveux,
et une tante t’a crié :
Negra inmunda, sal de aquí!

Ce furent les mots que tu reçus la première fois
où tu as voulu te fondre dans la mort.

Autrice : Chasa
Écrit en 2010

Souvenir

Le téléphone

Depuis toute petite,
j’ai aimé les enfants.
Depuis toute petite,
je voulais en avoir autant que ma mère.

Les années passaient
et la vie décidait pour moi…

Lorsqu’un jour, à mes 37 ans,
quelqu’un me dit au téléphone :
— Tu veux toujours avoir un enfant ?

J’ai répondu « oui » sans savoir quoi…

Il me disait au téléphone,
loin, au sud du continent :
— Un enfant naîtra bientôt.
Tu devrais prendre l’avion au plus vite,
tu pourras bientôt l’accueillir.

Arrivée sur les lieux,
des gens vrais m’attendaient.
Une mère attristée
tendait son enfant.

Passée devant la loi,
une éternité m’avait semblé.

Aujourd’hui, te voilà,
un gaillard en santé,
quelques difficultés,
rien pour te bloquer.

Aujourd’hui, me voilà,
une mère, rêve réalisé.

Je remercie la vie,
je remercie de t’avoir eu.
Je réalise, oui, tu as réalisé mon rêve :
mon rêve d’être mère.

Aujourd’hui, je veux…
Je veux que toi aussi
tu aies des rêves réalisés pour toi.

Compte toujours sur moi,
je ne serai pas trop loin de toi.

Mama
Autrice : Chasa
Écrit en 1991

À mon frère, pour l’éternité

Tu es venu au monde en silence,
la peau bleue, l’air arraché.
Et déjà, la vie te mettait à l’épreuve.

On aurait dû t’entourer d’amour,
mais tu as grandi dans les ombres,
avec des yeux qui voyaient flou,
et un cœur trop jeune pour porter autant de douleurs.

On t’a mal compris. On t’a jugé.
On t’a cru paresseux, étrange, trop sensible.
Mais ce qu’ils ne voyaient pas,
moi, je le voyais.

Je savais, même sans les mots,
que tu portais une tempête à l’intérieur.
Que tu avais été brisé, trop tôt,
par ceux qui auraient dû te protéger.
Et que malgré tout, tu continuais d’aimer.

Tu es devenu un homme sans avoir eu le droit d’être un enfant.
La vie t’a volé ton corps,
mais elle n’a jamais pu te voler ton âme.

Tu cries parfois fort,
mais c’est le cri d’un homme qu’on n’a jamais écouté.
Et moi, ta sœur, je suis là.
J’ai toujours été là.
Je ne t’ai jamais oublié.

Je sais que tu es bien plus que ce fauteuil,
bien plus que ce que les autres ont dit ou pensé.
Tu es un homme digne, complexe, lumineux,
un frère que j’admire et que j’aime.

Alors aujourd’hui, je te rends ce que personne ne t’a donné :
la reconnaissance.
La tendresse.
Et le respect que tu mérites.

Peu importe ce que dira le destin,
ton histoire vivra à travers moi.
Et si un jour tu quittes ce monde avant moi,
je te promets que ta voix ne sera pas enterrée dans le silence.

Je t’aime.
Pour toujours.

Chasa.

Reflexión personal sobre la situación actual en Argentina

Observando desde la distancia y con el corazón puesto en Argentina, no puedo dejar de sentir una mezcla de emociones encontradas frente al momento que vive el país.

Por un lado, valoro que el gobierno actual haya logrado resultados que muchos consideraban necesarios, como controlar la inflación y ordenar las finanzas públicas. Estas medidas parecen haber devuelto cierta estabilidad en algunos indicadores económicos que durante años preocuparon a todos.

Pero, al mismo tiempo, veo con preocupación cómo estos logros se han alcanzado mediante ajustes muy severos que recaen principalmente sobre los sectores más vulnerables de la sociedad:

  • La pobreza ha aumentado.
  • La vida cotidiana se ha encarecido fuertemente.
  • La inseguridad ha crecido, con más robos y personas desesperadas por la falta de oportunidades.

Es doloroso ver que mientras el país busca salir adelante, quienes más lo sufren son justamente quienes menos recursos tienen para resistir.

Me pregunto si no habría sido posible encontrar un equilibrio diferente, ajustando las cuentas pero protegiendo al mismo tiempo a los más frágiles.

Además, me impacta el tono y la actitud del presidente: sus palabras y formas parecen enfocadas más en provocar y confrontar que en tender puentes o cuidar a la sociedad. Da la impresión de que está más preocupado por sostener un personaje público que por ejercer el rol de protector y guía de toda la población.

No escribo esto desde la crítica destructiva ni desde el desprecio, sino desde la reflexión: un país no solo se construye con números equilibrados, sino también con humanidad, empatía y cuidado hacia quienes más lo necesitan.

Chasa

Des mots pour tout le dire.

la maison a la campagne

La maison a la campagne

Autrice Sara Martinez (52 pages)

1

Paloma était déjà la grand-mère des enfants des autres lorsqu’elle décida qu’elle voulait entreprendre un voyage vers son passé. Alors, elle se mit à écrire. Il y avait tant à raconter, et elle devait remonter le temps. Les années avaient filé si vite qu’il lui semblait presque impossible de résumer soixante-dix ans de vie en à peine vingt pages, pensa-t-elle. Replonger dans son enfance ne serait pas simple, condenser toute une jeunesse en quelques jours représentait un véritable défi. En revanche, son adolescence, sa vie d’adulte et sa vieillesse seraient plus faciles à reconstruire, car elle disposait de nombreuses photographies et souvenirs pour l’aider dans ce processus.

Malgré tout, la tâche ne serait pas aisée. Elle décida donc de prendre le risque et d’entreprendre ce voyage. Pour cela, elle chercha l’aide d’une personne dont elle avait entendu parler : quelqu’un capable de faire remonter une âme jusqu’à l’origine de sa vie.

On l’appelait la vieille sorcière. Certains la craignaient, d’autres la respectaient, car on disait qu’elle avait le pouvoir d’emmener les gens très loin dans leur quête du passé. Cependant, des histoires troublantes circulaient aussi : si la régression n’était pas bien menée, on pouvait rester piégé dans le passé. Beaucoup préféraient ne pas tenter l’expérience. De plus, ces pratiques n’étaient pas bien vues par les catholiques, et nombreux étaient ceux qui renonçaient par peur du jugement de leur communauté ou même du prêtre de leur paroisse.

Malgré tout cela, Paloma décida d’en savoir plus. Elle recueillit des noms, posa des questions un peu partout et, après une recherche approfondie, elle retrouva enfin la femme dont tout le monde parlait. Elle se faisait appeler Bruvie.

Elle tenta de la contacter, mais à chaque appel, la boîte vocale était pleine. Impossible de laisser un message. Pourtant, un jour, elle parvint à enregistrer son nom et son numéro de téléphone.

Quelque temps plus tard, alors que Paloma était assise dans la cour de sa maison, profitant d’une tasse de thé, son téléphone sonna.

— Bonjour, puis-je parler à Madame Paloma, s’il vous plaît ?
— Oui, bien sûr, c’est elle-même. À qui ai-je l’honneur ?
— Je suis Bruvie. Vous m’avez laissé un message.
— Ah… Vous voulez dire que vous êtes la vieille sorcière ? Excusez-moi… C’est ainsi qu’on vous appelle dans la rue.

2

Il y eut une pause de l’autre côté de la ligne, mais la voix de Bruvie ne semblait pas contrariée. — Oui, mon nom est Bruvie. Qui vous a donné mon numéro de téléphone, Madame Paloma ? Paloma prit un moment avant de répondre. — J’ai fait une grande recherche avant de vous trouver. C’était presque comme frapper à toutes les portes jusqu’à ce que, lorsque je pensais que c’était impossible de vous trouver, enfin je vous ai trouvée. — Très intéressant… — Oui, imaginez, j’avais complètement perdu espoir. En fait, le jour où j’ai obtenu vos informations, j’étais à l’hôpital, en attendant qu’on m’appelle pour une échographie. Je suis arrivée en avance à mon rendez-vous et, dans la salle d’attente, il n’y avait qu’une dame. Par le plus grand des hasards, une légère connexion est née entre nous et nous avons commencé à parler de tout et de rien. Je ne sais pas comment on en est arrivé au sujet des personnes souffrant d’insécurité, mais elle m’a dit qu’elle avait souffert de cette condition et qu’aucun médecin n’avait trouvé de solution à son problème. — Ah, oui… ? — Oui. Elle m’a dit qu’elle avait dû chercher de l’aide ailleurs et qu’elle connaissait quelqu’un qui faisait des régressions dans le passé pour guérir certains traumatismes. Elle avait pris quelques séances avec cette personne… Et cette personne, c’était vous. Elle m’a donné votre numéro, bien qu’elle m’ait aussi avertie que vous aviez beaucoup de demandes et que je n’aurais peut-être jamais de réponse. C’est pourquoi je suis tellement heureuse que vous ayez trouvé le temps de me rappeler. — En fait, je suis très occupée, répondit Bruvie, mais j’ai une annulation pour le mois prochain. Ce sera justement une nuit de pleine lune. Si vous êtes disponible, nous pouvons faire la régression jusqu’à votre enfance. — Et à quoi ressemblent ces séances ? À quoi ça ressemble ? — Je ne sais pas si on vous a dit que les séances se déroulent chez moi. Je vis en dehors de la ville, à la campagne. Ce n’est pas loin du village, mais un peu à l’écart. Avec votre GPS, vous pourrez me trouver sans problème. Il y a deux façons de le faire : vous pouvez venir en quatre visites d’une à deux heures chacune, ou bien, vous pouvez rester tout le week-end. Personnellement, je préfère la deuxième option, car nous pourrons travailler sans interruptions et à la fin, vous repartirez avec un enregistrement vidéo et audio de toutes les séances, afin que vous puissiez les revoir tranquillement chez vous. — En vérité, je préfère passer le week-end chez vous à la campagne. Et comme nous sommes au printemps, le voyage sera plus agréable. — Vous adorerez venir, non seulement pour la régression, mais aussi pour l’environnement.

3

J’ai une grand voilière au milieu du terrain, ouvert, où vivent plusieurs cardinaux et canaris.
Leurs chants rendent le séjour plus agréable. Il y a aussi quelques petits animaux des champs qui s’approchent lorsque des visiteurs arrivent, car nous leur offrons des graines, ce qui est un véritable délice pour eux.
— Ça sonne merveilleux…
— De plus, j’ai un site web où les gens laissent leurs témoignages sur les expériences vécues ici. Vous pouvez consulter les commentaires. Vous verrez que tout est sécurisé. Les voisins sont déjà habitués à voir des gens nouveaux chaque fois que ces réunions ont lieu. Je suis sûre que vous allez adorer.
— Je crois que vous m’avez convaincue. Le prix est-il élevé ?
— Deux nuits, avec petit-déjeuner, déjeuner et dîner, coûtent 250. Et les régressions se font de 9h à 10h le matin, puis l’après-midi de 18h à 19h, le samedi et le dimanche à la même heure le matin, mais comme vous devez rentrer chez vous l’après-midi, cela sera après le déjeuner, de 13h30 à 14h30. Le tout pour 400 dollars pour les deux jours. Si vous préférez, vous pouvez aussi venir juste pour la journée et revenir le lendemain pour terminer la séance.
— Combien de personnes serons-nous ?
— Nous serons trois. J’aime les nombres impairs.
— D’accord, vous m’avez convaincue. Prenez mon nom. Quelle est votre adresse ?
— Ma maison de campagne est dans les Laurentides, après Saint-Sauveur, à Saint-Adolphe-d’Howard, au 2541 du chemin Sud.
— Très bien, j’y serai.
— Vous devez d’abord laisser un dépôt de 300 dollars et vous recevrez un reçu avec un code pour faire votre inscription en ligne.
— C’est ce que je vais faire.
Paloma était très excitée et, dès qu’elle eut terminé son inscription, elle en parla à sa meilleure amie, lui disant qu’elle irait à la campagne pendant deux jours. Puis, elle lui demanda si elle pouvait s’occuper de son animal de compagnie, qu’elle avait reçu en cadeau pour son anniversaire. En réalité, elle ne voulait plus avoir d’animaux après ce qui lui était arrivé pendant son adolescence, mais elle l’avait accepté. C’était un petit chien si mignon qu’elle en avait eu pitié et l’avait ramené. C’était une chienne qu’on avait abandonnée.

4

Son amie, un peu déconcertée, lui répondit qu’elle accepterait, mais n’osa pas lui demander ce qu’elle ferait pendant ces deux jours. Elle pensa en elle-même qu’il serait incorrect de poser cette question, puisque Paloma ne l’avait pas mentionnée de son propre chef.
Les jours passèrent, et Paloma était très impatiente de partir et de réaliser cette régression. Comme la dame qu’elle avait rencontrée à l’hôpital lui avait donné son téléphone pour toute question, elle décida de l’appeler.
— Bonjour, Madame Marta, c’est Paloma. Comment allez-vous ?
— Ah ! Je reconnais votre voix, Paloma. Très bien. Que se passe-t-il ?
— Eh bien, je voulais vous dire que j’ai trouvé la dame Bruvie.
— Ah, c’est intéressant ! Et avez-vous pu vous inscrire ?
— Oui, c’est pourquoi je voulais vous remercier et aussi vous poser une question.
— Eh bien, dites-moi.
— Comme la dame Bruvie fait cette régression chez elle, à la campagne, je voulais savoir si vous y êtes aussi allée.
— Non, à l’époque, elle le faisait à Montréal, à deux pas du métro Place-des-Arts, dans ce qu’on appelait le Quartier Rouge. Un endroit un peu voyant et, à cette époque, assez dangereux. Mais comme c’était le jour, mes régressions ne duraient pas longtemps et, au final, tout s’est bien passé. Donc, vous allez au nord…
— Oui, et comme je ne connais pas bien le secteur, je voulais savoir si c’est facile d’y accéder… vous comprenez.
— Ah, oui. Eh bien, j’imagine que le chemin est accessible et que l’endroit est sûr.
— C’est ce que m’a dit la dame. Je voulais juste le confirmer avec vous.
— Je comprends, mais c’est une question personnelle. Si vous avez des pensées négatives, vérifiez avant de partir, c’est le mieux.
— Oui, bien sûr, vous avez raison. Je ferai mes recherches et, sûrement, tout se passera bien.
— Je vous souhaite bonne chance, et quand vous reviendrez, appelez-moi. J’attendrai de connaître votre expérience.
— Merci beaucoup, Madame Marta, je ferai ça.
— Au revoir, Madame Paloma.
— Au revoir, Madame Marta.
Paloma se concentra sur son voyage, prépara un sac avec ses affaires personnelles et le laissa derrière la porte de sa maison, en attendant le jour du départ.
Le samedi tant attendu arriva. Le réveil sonna à 6 h du matin pour lui permettre de prendre son petit-déjeuner tranquillement. Elle se leva et, la première chose qu’elle fit, fut de tirer les rideaux et de jeter un coup d’œil à la météo de ce matin-là. Ce n’était pas une belle journée : il pleuvait et il y avait un vent assez fort. Elle soupira et se dit qu’il ferait probablement meilleur au fur et à mesure que la journée avancerait.
Paloma se prépara et prépara aussi son animal, car son amie arriverait dans quelques minutes pour le récupérer.

L’étincelle d’ambition

L’étincelle d’ambition

Pendant mon cours d’électricité, j’ai réussi à fabriquer un boîtier de commande électrique pour une petite maison. Une fois le projet terminé et validé, j’étais fière et déterminée à mettre en pratique mes nouvelles compétences chez moi.

Je suis rentrée à la maison avec ma boîte et j’ai dit à ma mère :
Maman, prépare-toi, on va avoir de la lumière dans toute la maison !

Avec enthousiasme, je me suis mise au travail. J’ai installé le boîtier de commande à l’extérieur de notre maison et commencé à faire passer les câbles le long des murs et du toit. Ce dernier, fait de paille, ajoutait une difficulté supplémentaire, mais j’étais motivée à démontrer ce que j’avais appris.

Malheureusement, le manque de matériel s’est rapidement fait sentir. Je n’avais pas de ruban isolant pour protéger les connexions électriques, mais j’ai pris soin de bien séparer les fils et de les fixer solidement au toit avec de la corde. Une fois tout en place, j’ai effectué la connexion finale et allumé le système…

Sara Martinez

Ils pirent le large

Fuyant la dictature franquiste, une période très dure pour eux, ils réussirent à embarquer à bord d’un bateau de marchandises. Entassés dans la cale avec d’autres ressortissants cherchant à échapper au régime, ils espéraient un avenir meilleur.

L’Argentine devenait alors une terre d’accueil pour des milliers d’Espagnols, bien que moins nombreux que les Italiens. Ils prirent le large, traversant l’Atlantique Nord vers l’Atlantique Sud, chantant et récitant des poèmes qui ravivaient en eux les souvenirs des beaux jours d’avant le franquisme, me racontait papa.

Mais l’aventure était éprouvante. Le mal de mer les clouait au lit, leur donnant l’impression d’une « consommation excessive d’alcool ».

Sara Martinez